El muralismo mexicano


El muralismo se desarrolló y terminó por definirse entre los años 1900-1920. Le correspondió ser el promotor al filósofo José Vasconcelos, quien era en ese entonces el secretario de Educación de México.  Su propósito era sacar al país de la ruina en la que estaba debido a la guerra civil y creía que el arte heroico podía ayudar a fortalecer la voluntad  y la fe de los mexicanos para salir adelante.

Confío su anhelo a Rivera y en 1922 pintó una gran composición neoclásica sobre el tema de “La creación”, la cual era una mezcolanza religiosa que pretendía significar la formación de la raza mexicana.


Sin embargo, a pesar que esta obra se le categorizó como de culto, no representaba a la sociedad mexicana, ni las demás obras de Orozco ni Siqueiros. Lo que vino a poner un poco de orden y significó el comienzo de un gran movimiento artístico fue la creación del sindicato de Trabajadores Técnicos, Pintores y Escultores. Aunque en sí,  no tenía importancia, el nombre sirvió de bandera a las ideas que venían gestándose, de las cuales los más enterados eran Siqueiros, Orozco y Rivera.


Siqueiros redactó un manifiesto, el cual fue firmado por diversos artistas mexicanos que estuvieron de acuerdo. Este manifiesto se tituló: Declaración Social, Política y estética y decía textualmente:


“El sindicato de Trabajadores Técnicos, Pintores y Escultores a la razas nativas humilladas a través de los siglos;  a los soldados convertidos en verdugos por sus jefes; a los trabajadores y campesinos azotados por los ricos; a los intelectuales que no adulan a la burguesía…
…Para crear belleza: el arte del pueblo mexicano es el más grande y de más sana expresión espiritual que hay en el mundo y su tradición nuestra posesión más grande. Es grande porque siendo del pueblo es colectiva, y esto es por qué nuestra meta estética es socializar la expresión artística que tiende a borrar totalmente el individualismo, que es burgués”


Tuvo una gran controversia debido a que del análisis se desprenden ideas extremistas relacionadas a una revolución proletaria y no a una revolución democrático-burguesa; eso explica en gran parte porqué el arte que germinó gracias a ellas entró, desde sus orígenes, en conflicto con la sociedad en la que se produjo.


No fue por las expresiones frustráneas adocenadas que el muralismo mexicano se colocó en un sitio avanzado y fundamental del arte contemporáneo. El verdadero movimiento irrumpió como una floración gigantesca, con la suficiente salud como para sustentarse a sí mismo y a las múltiples derivaciones que él se desprendieron a partir de la Declaración o Manifiesto, verdadero grito de independencia en la vida del arte mexicano


El propulsor, el primer responsable, el primer entusiasta de aquella fabulosa empresa artístico-ideológica fue alguien que a pesar de una incompleta preparación técnica-profesional demostraba ya para entonces una personalidad pujante: David Alfaros Siqueiros, el genial inconforme del arte mexicano.


A causa de las huelgas y de la revolución, Siqueiros había llegado al inconformismo antes de asimilar la academia. Su extraordinario vigor creativo, libre de ataduras escolásticas, no tuvo que superar influencias o romper ligamentos: fue asimilando lo que quiso o lo que pudo para aventurarse hacia lo desconocido. Su pasión por lo auténticamente nuevo jamás conoció la saciedad. Adoptó nuevos sistemas, instrumentos y materiales.

Abandonó las alegorías y la encáustica después del manifiesto y comenzó a pintar al fresco.
Sus obras más importantes fueron: Entierro de un obrero, Madre Campesina, Madre proletariada, Paisaje tropical.

Viajó a Estados Unidos donde pintó “Mitin en la calle”, América Tropical, además adopta la cámara fotográfica y el proyector eléctrico.


Después se dirigió a Nueva York donde fundó el taller Experimental donde ensaya más profundamente técnicas, materiales y sistemas.  Llega a lograr algunos aciertos sentimentales definitivos como: Niña madre, dama negra, el eco del llanto y algunos antecedentes para obras mayores como: Suicidio colectivo y explosión en la ciudad.


Lucha durante la Guerra Civil Española y regresa a México donde pinta: Retrato de la burguesía, cuyo acabado es obra de sus colaboradores debido a que tuvo que huir a Chile donde pinta sus primera obra monumental importante: Muerte al invasor.


Regresa a México donde plasma: Cuauhtémoc contra el mito, Nueva Democracia, Víctimas del Fascismo, Tormento y Apoteosis de Cuauhtémoc, El hombre amo y no esclavo de la técnica, Por una Seguridad completa para todos los mexicanos, El pueblo a la Universidad; la Universidad al pueblo y Apología de la futura victoria de la ciencia médica contra el cáncer: Paralelismo histórico de la revolución científica y la revolución social.


El manifiesto ancló a los pintores en la indispensable sinceridad objetiva y subjetiva respecto del pasado y del presente y los obligó a producir arte realista.

Otro de los pintores más importantes del muralismo fue Diego Rivera, el cual emprendió el análisis materialista-dialéctico de la estructura social, teniendo como meta de su disección la esperanza.

Su pintura es eminentemente expositiva, didáctica, alentadora, pero no deja nada al acaso; todo lo revisa, lo recuenta; “hay que saber en dónde estamos y de dónde venimos para saber a dónde vamos”.


Para componer sus relaciones lógicas, Rivera utilizó el clasicismo y el cubismo; para expresar su optimismo se valió del impresionismo y del fauvismo; para relatar sus historias recurrió al naturalismo; para dar tiempo a su representación se sirvió del manticismos y del arqueologismo.

Sus obras más importantes fueron: Gloriosa Victoria, Salida de la mina, La maestra Rural, La Danza del venadito, La dotación de Ejidos, La zafra, El que quiera comer que trabaje, Fiesta del primero de mayo, Aquí se enseña a explotar la tierra no a los hombres, La historia de la Cardiología, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, El agua en la evolución de la especie, El pueblo en demanda de la Salud, Pesadilla de guerra.

Otro pintor que se destacó en el muralismo fue Orozco, quien fue el único que se atrevió a romper sus vínculos con academias y tradiciones que había adoptado.


Su originalidad no fue derivativa ni lucrativa; fue primigenia, impulsiva. Decidió encender su pasión a raíz  de los demás; con absoluta conciencia.


Su pintura nunca fue autobiográfica ni confundió su autorretrato con la multitud; no creyó en ternuras ni en suavidades: para decir su amor al prójimo lo fustigó, le arranco la venda de los ojos y de las heridas, y puso toda su confianza en el poder revulsivo constructor del escepticismo.


Sus murales más importantes fueron: La huelga, La destrucción del viejo orden, La trinchera, La trinidad: campesino, obrero, soldado, Cortes y la Malinche, Prometeo, La mesa de la fraternidad universal, La katharsis, El pueblo y los falsos líderes y la Cultura.

Resumen escrito por: Mariana Camposeco Negrete y Yanin Martínez.
Bibliografía:

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